jueves, septiembre 15, 2005

La Inteligencia

Una pareja se fue de vacaciones a una laguna donde se podía pescar. Al esposo le gustaba pescar al amanecer y a su mujer le encantaba leer. Una mañana, el esposo volvió después de varias horas de pesca y decidió tumbarse y dormir una pequeña siesta.

Aunque no estaba familiarizada con el lago, la esposa decidió salir a pasear en el bote. Remó una pequeña distancia, ancló el bote y retomó la lectura de su libro.

Al poco rato apareció el guarda en su bote. Llamó la atención de la mujer y le dijo:


- Buenos días, señora... ¿Qué esta haciendo?
- Leyendo - respondió ella, pensando "¿Es que acaso no es obvio?".
- Se encuentra en un área de pesca restringida.
- ¡Pero si no estoy pescando...! ¿No lo ve?
- Si, pero tiene todo el equipo. Tendré que llevarla conmigo y ponerle una multa.
- Si usted hace eso lo denunciaré por violación! dijo la mujer indignada.
- Pero si ni siquiera la he tocado...!
- Si, pero tiene todo el equipo!

MORALEJA:

"La inteligencia no radica en cuánto sabes, sino en lo bien que sabes emplear lo poco que sepas."

lunes, septiembre 12, 2005

Presencia

Los niños comienzan por amar a los padres.
Cuando ya han crecido, los juzgan, y,
algunas veces, hasta los perdonan.

Oscar Wilde


Entonces lo vio. ¿Sería posible? Pasados los 50, muchos males le estaban afectando, era la ley de la vida. Esto era nuevo.
Es que entre la multitud, mientras caminaba por la calle principal de su ciudad, aquella arteria sabiamente transformada en paseo peatonal, sin un árbol que de sombra y con un piso que en verano aumenta la sensación térmica, le veía. Casi siempre. Su figura maciza, de hombre formado en el trabajo duro, pero también en la magia de sus eternos negocios. Era inconfundible. Su sombrero en invierno y verano, protegiendo su cabeza redonda. Pero ¿Sería posible? Se lo preguntaba constantemente. A veces creía, incluso, que su imaginaria presencia podría ser una señal de que siempre estaba junto a ella. Y ¿porqué no? No en vano ella fue su eterna defensora cuando debido a las ineludibles circunstancias de la vida lo señalaban con el dedo acusador. Podrían haber sido verídicas las acusaciones pero ¿Qué importaba? Al final siempre sería su padre.
Mientras sus pensamientos le aturdían con recuerdos tan queridos para ella. Volvió a mirar. Ahora ya no lo vio en el mismo sitio que le había visto hace algunos segundos, ahora estaba a punto de cruzar la calle, esperaba la luz del semáforo, mientras el pito que les indicaba a los invidentes que aun no se podía cruzar, sonaba estridentemente.
Apuró su paso, quiso alcanzarlo. Talvez hablarle. Decirle que sus nietos están bien, y que incluso tiene biznietos. Contarle que ya no trabaja. Que se quiso dedicar a los suyos, y que sin embargo igual siente un vacío en su vida. Preguntarle como estaba él, acaso aun mantenía vivos tantos y tantos negocios que nunca concretó. Decirle que de su herencia ella solo retiene sus genes y quizás muchos de sus sueños.
Entonces se volvió a preguntar. ¿Sería él?
Su respuesta era obvia. Recordó que hace 5 años lloró intensamente el día en que su padre falleció.

miércoles, agosto 31, 2005

Tengo una luna escondida en el bolsillo


El reloj como de costumbre sonó insensible a las 5:30 AM. Era la rutina. Corrió para alcanzar el bus y no tener que ir colgando en la pisadera. Definitivamente algún día ahorraría lo suficiente como para tener algún tipo de locomoción propia. Aunque fuera una scooter.
Al pasar por la casa sus vecinos le llegaron los ecos de una canción:

Tengo una luna escondida en el bolsillo
y una paloma que está siempre en libertad
tengo una rosa empapada de rocío
y caracolas donde escucho el mar

Tengo una playa donde juegan las sirenas
y una montaña donde puedo hablar con Dios
tengo un naranjo que rebosa primaveras
y entre sus ramas canta un ruiseñor

Era Lucero. Antes llamada Lucerito. Hermosa, siempre pensó que irradiaba una candidez y una dulzura que talvez no iba de acuerdo a la forma de ser de Mijares. Bueno, al final, la vida está llena de contrasentidos y las relaciones humanas generalmente son bastante disímiles.
Recordó la letra de la canción que tantas veces había oído y pensó en lo hermoso que sería todo aquello, “tener una luna escondida en el bolsillo y una paloma que está siempre en libertad”. ¿ Cómo sería estar siempre en libertad?.
Volvió a la imagen de Lucero. Desde hace mucho su forma de ser le atraía. Como también lo hacían las mismas características de otras estrellas, recordaba a la incomparable Audrey Hepburn, a Juliette Binoche, incluso a Julia Roberts especialmente en su papel de Pretty Woman. También en sus años de Universidad conoció a una chica así de dulce y cándida, la Piti. ¿Qué será de ella?. Probablemente casada con hijos aun cuando no se la imaginaba como madre. Era mujer como para un cuadro, plácida, con una mirada profunda y una tranquilidad que inquietaba.
Ya casi llegaba al paradero, no era tanta la gente que esperaba locomoción. A lo lejos se acercaba su transporte. Volvió a pensar en la canción, sería hermoso ser como la paloma de Lucero y estar siempre en libertad. En fin, ahora su mano busca donde aferrarse, un pasamanos, la puerta algo que le permita sostenerse mientras va camino al trabajo. Era la vida, luchando cada minuto.
Era como la canción.
¿Cómo se llamaba el tema?.
Ahhh… sí.
Tácticas de Guerra”.

sábado, agosto 20, 2005

Casa esquina de mi barrio.

El frío de mi ciudad es severo como no tengo memoria. ¿O me estaré poniendo viejo y friolento? Es invierno. De transeúnte me atrae el contraste de un añoso árbol desnudo contra el color blanco que muestra a esta casa entre la bruma y la niebla, y luego mirando la foto descubro el velo de sus recuerdos que también son los míos.

Recuerdo a su vecino al Poniente al Notario de mi, en aquel tiempo, casi pueblo, Don Alberto, afable, gentil, caballero, sobretodo porque nunca me cobró el protocolizar algún documento. ¿Cómo estás chiquillo?, aun le oigo decir cuando llegaba a su oficina añeja, cargada de papeles e individuos asustados por protocolizar algún indebido. Personalmente se sentaba en su máquina de escribir, seguramente testigo de la historia de mis coterráneos: herencias, testamentos, hijos reconocidos, deudas impagas y tantas cosas más.

Al frente en la acera Sur, don Bruno, para el niño que yo era en esos tiempos, él era un “Girosintornillos”, grandes antenas surgían de su casa elevándose como árboles secos tratando de alcanzar la luz de un sol lejano sin esperanza alguna de germinar o mostrar una flor. Mis visitas a su negocio eran un viaje mágico, tubos, resistencias, planchas, diodos y tornillos eran todo su escaparate, ahí yo alucinaba con el mundo de la electrónica que con el tiempo iría descubriendo. Su esposa, la Sra. Teresa, me recuerda a mi madre, trabajadora, abnegada, madre de sus hijos, y sobre todo compañera, siempre al lado de su esposo.

En la esquina opuesta, Sur Oriente, el Instituto O´Higgins y mi sala de Sexta Preparatoria, iniciando mi camino hacia mi adolescencia. Una campana que llamaba a clases. Un pasillo donde todos corrían y yo me protegía en su orilla. Un Sagrado Corazón al medio. Un camino que todos los días recorría luego que mi perro "Copito" me acompañara hasta la puerta mientras reverenciaba al Cristo bajo el ojo atento de los religiosos. Especial recuerdo para la Revista de Gimnasia, disfrutaba los días previos del espectáculo que preparaban mis compañeros, lo que más me atraía era la Banda de Músicos que todas las mañanas llegaba desde el Regimiento. Esa era mi pasión, ahí estaba la música que siempre me atrajo y hasta amigos hice entre los soldados que tocaban cajas, vientos e imponían con su ritmo la métrica precisa para cada movimiento gimnástico.

En la esquina Oriente, un pequeño negocio de barrio, nuestra competencia hasta que su dueña decidió cambiar de giro e instalar un depósito de gas. Un constante ir y venir de vehículos buscando el calor en invierno y el fuego para el sustento de cada día. El ruido constante de balones, con sus sonidos agudos los vacíos, y graves los llenos seguramente recién despertaban los atrofiados sentidos de Andrés, que a través de los barrotes de la casa de su abuelo hacía migas con los trabajadores que afanaban sin cesar.

Por fin el vecino Norte, un prestigioso abogado, Don Raúl, su sentido del humor era conocido y también su apego “permanente” a la justicia y sus derivados, con su prole repartida por el mundo se ufanaba de oír cantar a su madre doña Rosa Amelia hasta bien avanzada edad. Aun debo tener en algún lugar una fotografía de ella entonando alguna canción de su época.

El tiempo ha hecho su trabajo y poco queda de mis nostalgias, solo los balones de gas, el frío del invierno y esa blanca casa esquina de mi barrio.

jueves, agosto 04, 2005

Definitivamente Rachmaninoff me pone mal.

Definitivamente Rachmaninoff me pone mal. Esa sensación de melancolía casi no la soporto. Sin embargo me agrada mucho escucharlo. Será que la vida está llena de agrados y desventuras. Para muchos la soledad es una sensación terrible, sin embargo la acepto, la disfruto y se diría que hasta la necesito. Acepto que la virtualidad de nuestro tiempo nos permite estar solos y rodeados de seres que no vemos, ni olemos, ni sentimos y que están detrás de esta pantalla. También dicen que estamos rodeados de quienes nos dejaron algún día y que siempre están protegiéndonos y cuidando. Entonces Rachmaninoff y la melancolía que me inspira me trae el recuerdo de aquella que hace poco me abandonó. ¿Será tan así? No, estoy seguro que una madre nunca abandona a un hijo, excepto aquellas que aunque hayan parido nunca han sido madres.
Hoy recuerdo muchas cosas agradables, pequeños signos diarios de amor, ternura, comprensión y entrega. Escucho su voz, cantando diáfana tantas y tantas melodías que de solo oírlas desde mi niñez fueron desarrollando en mí una desmedida pasión por la música: “Me río porque me río, y esa risa de mi boca es como el agua del rio que corre entre peñas locas… Me voy riendo, riendo y de ti voy arrancando más si me fueran siguiendo me encontrarían llorando…” un texto de María Pascal Lyon que en la voz de mi madre aun resuena en mis oídos. De niño y preadolescente, su voz con la fuerza de una profunda fe Cristiana acariciaba las columnas y cada rincón del templo en la Iglesia de San Francisco y yo a su lado sentía la protección que su canto-oración invocaba.
Tantas palabras puedo escribir, hasta pienso que nunca serían suficientes para detallar todas y cada una de las bondades que debiera destacar, pero hoy he querido detenerme en esto… En la Música… En toda la sensibilidad que la voz de mi madre me entregó y que hoy me hace reconocer que definitivamente Rachmaninoff me pone mal, y que sin embargo me agrada mucho escucharlo.