El frío de mi ciudad es severo como no tengo memoria. ¿O me estaré poniendo viejo y friolento? Es invierno. De transeúnte me atrae el contraste de un añoso árbol desnudo contra el color blanco que muestra a esta casa entre la bruma y la niebla, y luego mirando la foto descubro el velo de sus recuerdos que también son los míos.
Recuerdo a su vecino al Poniente al Notario de mi, en aquel tiempo, casi pueblo, Don Alberto, afable, gentil, caballero, sobretodo porque nunca me cobró el protocolizar algún documento. ¿Cómo estás chiquillo?, aun le oigo decir cuando llegaba a su oficina añeja, cargada de papeles e individuos asustados por protocolizar algún indebido. Personalmente se sentaba en su máquina de escribir, seguramente testigo de la historia de mis coterráneos: herencias, testamentos, hijos reconocidos, deudas impagas y tantas cosas más.
Al frente en la acera Sur, don Bruno, para el niño que yo era en esos tiempos, él era un “Girosintornillos”, grandes antenas surgían de su casa elevándose como árboles secos tratando de alcanzar la luz de un sol lejano sin esperanza alguna de germinar o mostrar una flor. Mis visitas a su negocio eran un viaje mágico, tubos, resistencias, planchas, diodos y tornillos eran todo su escaparate, ahí yo alucinaba con el mundo de la electrónica que con el tiempo iría descubriendo. Su esposa, la Sra. Teresa, me recuerda a mi madre, trabajadora, abnegada, madre de sus hijos, y sobre todo compañera, siempre al lado de su esposo.
En la esquina opuesta, Sur Oriente, el Instituto O´Higgins y mi sala de Sexta Preparatoria, iniciando mi camino hacia mi adolescencia. Una campana que llamaba a clases. Un pasillo donde todos corrían y yo me protegía en su orilla. Un Sagrado Corazón al medio. Un camino que todos los días recorría luego que mi perro "Copito" me acompañara hasta la puerta mientras reverenciaba al Cristo bajo el ojo atento de los religiosos. Especial recuerdo para la Revista de Gimnasia, disfrutaba los días previos del espectáculo que preparaban mis compañeros, lo que más me atraía era la Banda de Músicos que todas las mañanas llegaba desde el Regimiento. Esa era mi pasión, ahí estaba la música que siempre me atrajo y hasta amigos hice entre los soldados que tocaban cajas, vientos e imponían con su ritmo la métrica precisa para cada movimiento gimnástico.
En la esquina Oriente, un pequeño negocio de barrio, nuestra competencia hasta que su dueña decidió cambiar de giro e instalar un depósito de gas. Un constante ir y venir de vehículos buscando el calor en invierno y el fuego para el sustento de cada día. El ruido constante de balones, con sus sonidos agudos los vacíos, y graves los llenos seguramente recién despertaban los atrofiados sentidos de Andrés, que a través de los barrotes de la casa de su abuelo hacía migas con los trabajadores que afanaban sin cesar.
Por fin el vecino Norte, un prestigioso abogado, Don Raúl, su sentido del humor era conocido y también su apego “permanente” a la justicia y sus derivados, con su prole repartida por el mundo se ufanaba de oír cantar a su madre doña Rosa Amelia hasta bien avanzada edad. Aun debo tener en algún lugar una fotografía de ella entonando alguna canción de su época.
El tiempo ha hecho su trabajo y poco queda de mis nostalgias, solo los balones de gas, el frío del invierno y esa blanca casa esquina de mi barrio.

1 comentario:
Aquella esquina que se resiste al embate de los años. Si bien los personajes ya no están entre nosotros, aun habitan en los recuerdos, en los tuyos, en los míos, en los de tantos.
Que bueno que comience...
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