Definitivamente Rachmaninoff me pone mal. Esa sensación de melancolía casi no la soporto. Sin embargo me agrada mucho escucharlo. Será que la vida está llena de agrados y desventuras. Para muchos la soledad es una sensación terrible, sin embargo la acepto, la disfruto y se diría que hasta la necesito. Acepto que la virtualidad de nuestro tiempo nos permite estar solos y rodeados de seres que no vemos, ni olemos, ni sentimos y que están detrás de esta pantalla. También dicen que estamos rodeados de quienes nos dejaron algún día y que siempre están protegiéndonos y cuidando. Entonces Rachmaninoff y la melancolía que me inspira me trae el recuerdo de aquella que hace poco me abandonó. ¿Será tan así? No, estoy seguro que una madre nunca abandona a un hijo, excepto aquellas que aunque hayan parido nunca han sido madres.Hoy recuerdo muchas cosas agradables, pequeños signos diarios de amor, ternura, comprensión y entrega. Escucho su voz, cantando diáfana tantas y tantas melodías que de solo oírlas desde mi niñez fueron desarrollando en mí una desmedida pasión por la música: “Me río porque me río, y esa risa de mi boca es como el agua del rio que corre entre peñas locas… Me voy riendo, riendo y de ti voy arrancando más si me fueran siguiendo me encontrarían llorando…” un texto de María Pascal Lyon que en la voz de mi madre aun resuena en mis oídos. De niño y preadolescente, su voz con la fuerza de una profunda fe Cristiana acariciaba las columnas y cada rincón del templo en la Iglesia de San Francisco y yo a su lado sentía la protección que su canto-oración invocaba.
Tantas palabras puedo escribir, hasta pienso que nunca serían suficientes para detallar todas y cada una de las bondades que debiera destacar, pero hoy he querido detenerme en esto… En la Música… En toda la sensibilidad que la voz de mi madre me entregó y que hoy me hace reconocer que definitivamente Rachmaninoff me pone mal, y que sin embargo me agrada mucho escucharlo.

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